domingo, 1 de noviembre de 2009

 Noche, tu placer, tus risas alborotando a los perros de la casa del policía, la gorda de enfrente raspando las ollas con una ansiedad asesina, el reloj del pintor estrellado contra el piso. ¿Qué culpa tiene el reloj, señor Armando? Ya, cálmese hombre, venga y nos tomamos un vaso de vino, le gritaste desde la ventana. Corrección: desde Mi ventana. Mi apartamento. Mi edificio, mi vida, mi cuadra, mi vecino pintor, mi amigo pintor y muy especialmente mi vino francés. Este no es de cartón ni es Gato de ningun color. Es un vino francés carísimo que no sé pronunciar, que me trajo mi hermana de París. Qué descaro. Por lo menos si baja el pintor se van a callar los perros, porque no pretenderás que reaunude la faena mientras el pintor revienta cuanto objeto le parezca despreciable. Ah, qué idiota es el señor Armando, pensé cuando ya estaba en la sala explicándote:
-El tiempo es una maquina, ¡un depredador! !el rey de la selva!
-Pero no llore, Armando, eso sí que no... -le dijiste tú con ese optimismo enfermizo que tampoco ayuda.
-Si es que no lloro, estoy sudando por los ojos, de chiquito era siempre así... -y pone los ojos fijos en alguna cosa y todo se calla esperando que la frase continúe su curso hacia dondequiera que iba... - saben algo -por fin alguien me incluye en la conversación- uno no está tan solo cuando es un estúpido. Uno tiene amigos! Habla maravillas de las cosas más innecesarias, y alaba a toda la mierda que le ponen delante y se identifica muy bien con los estúpidos compradores de estupideces -este señor no debería tomar más vino, y ¡francés!- pero entonces llega un día en que uno entiende. Uno -los ojos fijos durante una eternidad. Uno... uno ve.
-¿Quiere una cerveza? El vino se acabó. -no me mira enseguida. Si, bella, quisiera una cerveza... Aunque, ¿sabes algo? -lo miro. No quiero nada. Lo único que quisiera es que alguien me abra las venas y les extraiga el veneno y luego vuelva a cerrarlas y a dejarme en mi lugar. En el mismo lugar de siempre.... el de los loquitos de la calle... pero un loquito sin rabia y sin conciencia, que es casi lo mismo.
Tu sonrisa apareció de nuevo. Una sonrisa cobarde, vacía, indicadora de que no hay nada en tí... nada que salve a uno de la desgracia de estar vivo! Como yo tampoco tengo muchas palabras ni mucho corazón, voy a la cocina por una cerveza para mì y otra que también es para mí y que me beberé apenas termine la primera y entonces quizás allí ya pueda decirle algo como: Estamos colmados de misterio y eso es hermoso, Armando, como sus pinceles. Ah, debería hacer ya mismo algo como desnudarme para que me pinte, o decirle que todo lo que expresaba el cuadro de "Muchaho de pie diagonal al abasto", me rompió el corazón en mil pedazos, especialmente por el marrón desgastado de su sombrero y el brillo de sus ojos. Además detrás había toda una ciudad gris y envejecida... pero en el campo resplandecía el sol... y todo era muy triste y hermoso... pero no se lo dije, y ya no puedo decírselo, porque cuando te fuiste al baño con tu risa y tu sonrisita inútil y yo me fui a buscar mi cerveza, el pintor, mi pintor, mi vecino, siguió rompiendo los objetos que no le gustaban y ésta vez fue el espejo que rodó por los aires atravesando la ventana y despidiendose del edificio y llevándose además de la mano a la imagen que el pintor, en el espejo, miraba.

1 comentario:

  1. Srta. Martins! qué pequeño es el mundo...;) y que buena lectura me has dado esta noche...espero verte en mi blog...y también espero que sepas quien soy porque si no... jajajajaja...Saludos

    ResponderEliminar

Asomados a la orilla

Seguidores

Datos personales

Mi foto
intento: actuar, escribir, no madurar demasiado, leer, amar, reír, no morir de hambre mientras todas las anteriores.
Dentro de las calabazas hay múltiples duendecillos!!