No tengo paz.
No he tenido desde pequeña.
Y no la recuerdo con precisión,
se me aparecen a veces trazos de...
imaginaciones de...
nunca concreto la imagen de la paz entre estos dedos entumecidos.
No
la
quiero.
De quererla,
habría desistido de la luna
de los dedos en la tierra que forcejea con las piedras hasta que alunbra
y es un pedazo de coliflor.
Habría desistido de hurgar en los ojos de las personas
que son como bestias adormecidas
cuerpos quietos y palabras decentes
pero
los ojos
se les llenan de histeria, de noble instinto
de impresentable esencia.
Puta paz,
de quererte,
le habría dicho a los violines, a las guiterras, a los tambores, a los poetas, a las trompetas, a los soñadores, y a los hermosos,
que no me hablen nunca, nunca. Que se hagan silencio.
De quererte
habría dicho en voz alta mi nombre como creyéndomelo.
Pero no me lo creo.
No me siento tan viva si te me acercas
no me siento amiga del mar inacabable de remolinos
no me siento viento ni me siento carne.
Si te apareces
lucharé hasta desesperarte.
En mi bando morderás un polvo fino y letal.
El polvo del miedo.
El polvo del asco.
El polvo del encantamiento por la miseria del alma.
No he tenido paz.
Ni me ha hecho falta.
Hace 1 semana

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Asomados a la orilla