sábado, 21 de noviembre de 2009

Luana:
Esta fue una noche extraña. Salí con Alirio y con Pancho, al bar de la esquina de la Av. Bolívar. Al entrar, supe que no estaba como otros días. Primero pensé que era el sitio, que habrían cambiado la decoración, o reubicado los cinco tristes afiches de rock stars que hay en las paredes... o que quizás la música de fondo tenía menos volúmen que de costumbre. No me preocupé mucho que digamos, porque aparte era hasta entonces una sensación secreta puesto que nadie se pronunció a favor ni en contra de nada. Es decir, nadie lo notó. Ni siquiera Alirio, y sabrás que Alirio, con lo tonto que es, tiene su ojo de águila... Pasaron los primeros treinta minutos, en que uno se toma dos cervezas, mira a la pantalla de tv, sigue sonriendo, espía a las chicas que entran y a las que están... (había una morena de pelo cortísimo que me llamó la atención. Vestía toda de blanco. Linda). En el tercer cuarto de hora, ya se habían colado mis pensamientos más profundos en el inconsciente colectivo y quien arrojó la flecha fue Pancho:
-¿Todo está bien?
Alirio y yo nos miramos. Yo exageré mi pose de naturalidad, mi pose de amigo que sale con sus amigos y se halla cómodo haciéndolo. Me moví mucho hacia la derecha mientras respondía: Por mi parte, todo en orden... Fué una frase muy rara. Entonces se formó un haz de luz borrosa alrededor de mi persona. Los dos me miraron y yo no me atreví a mirarlos pues ya estaba todo entredicho. No dicho, pero casi. Todo comenzaba a manifestarse. Todo, o sea, mis rarezas de hoy. Definitivamente estoy raro, pensé. Y me levanté sonriendo, dirección baño. Qué baño triste. Un tipo me dijo: se me murió la viejita. Salí corriendo. Cómo es posible que a alguien le pase eso, Luana. La muerte de una madre es lo más asqueroso que puede hacerle a uno la vida... dígame Dios que no es para morirse si a mi me ocurriera... espero que nunca me pase, Luana. Pobre tipo. Y yo con mis poses y mi tontería delante de él, siendo perfectamente inútil. Era necesario correr, entiendes? Una cosa como ésa no puede compartirse, es demasiado grande, esa noticia tiene el poder de hacer estallar el bar, la Av. Bolívar, los hábitos deporitvos de Pancho, las indigestiones etílicas de Alirio, ¡todo debería romperse con una cosa tan horrible! Yo no quiero morirme de tristeza ajena, pensé .Me hallé frente a una puertica marrón, estrecha. Digamos, desvencijada. La abrí con decisión sin tener idea de dónde había salido. Daba al patio. Aire fresco, qué peligro. Luna y estrellas en el cielo azul marino... Un grillo entonando una canción.... Un hombre silbando un tango mientras recoje latas tiradas. Es todo hermoso y raro, Luana, pensé... pensé tu nombre durante largas horas. No volví a la mesa por mis piernas y deseos. Me llevó el intruso, ese que a veces se mete en mi cuerpo y no me deja quererte como te mereces... ése que a veces te dejó esperando durante horas en el medio del parque invernal, por un beso. Muy raras veces pediste algo más que un beso. Y en esas contadas ocasiones, pedías cosas grandes como mi inteligencia -imposible-, o un mínimo esfuerzo por alcanzar la madurez. Pero tú sabías que era inmaduro y no precisamente genial, y que no tenía la técnica aprendida sobre cómo controlar al intruso que entra a mi cuerpo y te maltrata... pero igual te quedaste. Te quedaste de pie, seria o con sonrisa, gorda o enflaquecida por el tiempo escurrido en esperas, loca o paciente, sumisa o rebelde, bronceada o pálida, suicida o viviente, en marzo, en diciembre, en agosto,los lunes, bajo el aguacero, al sol, los viernes... Te quedaste, Luana. Y sólo hoy puedo sentir el tamaño del amor que me tenías. Porque detrás de esa puertica encontré la noche con sus amigos llenos de alegría, de brisa y de colorido, y no fué hermoso comprobar que ya no vives. Fué como morirme yo pero de rabia. Fue como impotencia por no poder recuperarte. Por no poder volver el tiempo, abrazarte, por no poder ni siquiera morirme. Por no haberte dicho: Te Adoro. Por siempre decirte cosas como: me encanta que vengas... cuando en realidad a veces odiaba tu presencia y eran esos los momentos de comunión más profunda entre nosotros. Con tus perros, con tus libros, con tus quejas, con tu dolor de dientes, con tu manía de limpieza, con tu relajado caminar sin zapatos por el patio... Siempre te quedaste donde yo estaba y yo un día te dije: Me fui de viaje y descubrí algo que no va a gustarte, no me haces falta cuando te marchas. No me haces falta, te dije, y era tan obvio qe me había arrancado los cabellos de la necesidad de decirte: acabo de ver a un perro, acabo de tomarme un café con ginebra, acabo de ver un película en francés sin subtítulos, ah claro será porque estamos en Francia...  y no te dije ese pequeño secreto: todo lo que me pasaba, me emocionaba hasta el límite de mi sístole y de mi diástole, al pensar en que te lo contaría y en qué me ibas a responder.
No quiero tener más esos secretos contigo. Por eso es que he venido, he agarrado un lápiz y un gran trozo de papel, he agarrado estas lágrimas y éste frío,y me he puesto a contarte que hoy tuve una noche rara porque a mí lo que me ocurre en la vida... sólo si es para contártelo, tiene sentido.

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