Recuerdo con exactitud las gotas de tu ventana cuando le llovía todo el rocío
y nosotros casi amanecíamos
escondidos
sin hacer ruido
arropados por sonrisas y por colchas
enroscados entre almohadas y promesas
entre olores y entre tímida confianza
Y cuando aparecían las tazas y el café
y salíamos de la guarida
tu ventana permanecía de pie,
altiva
haciéndole frente al mediodía.
También recuerdo la madera, y los discos de hombres de voz gruesa
trasnochada y vagabunda
también recuerdo haber bailado sobre tu colchón y bajo tus ojos brillantes
(brillaban de una manera al verme bailar!)
Recuerdo el té
recuerdo a la guitarra y a la estufa.
Pero no consigo bien tus ojos
en esa maraña de perdidísimas cosas
de ausencias que de tan grandes me van tapando
por ejemplo
la propia ventana
y el propio olor.
Y si te digo que quisiera asomarme a tu ventana
y que quisiera estar escondida entre la colcha de colores vivos como el amarillo
y que quisiera que me hagas cosquillas
o que te rías
o que vengas con café y con un humor de perros
y que ojalá estuviésemos filosofando tan mal como nosotros
inventando las ideas más trilladas
celebrando como célebres frases compradas
es porque
todo el confuso peso de tu presencia
era mucho menos doloroso
mucho menos imposible
que ésto.
Hace 1 semana

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Asomados a la orilla